Allegri e Sarry

Un solo gol le bastó a la Juve para ganar, de manera contundente e incontestable, al Napoli de Sarri. San Paolo, feudo líder de la Serie A, asistió a una de esas victorias profundamente jerárquicas que devuelven y realzan el dominio que la Juventusviene ejerciendo desde 2011. La vecchia, de la mano de su entrenador, calculó y obró un encuentro que tuvo el efecto que hubiera deseado punto por punto. Todo lo planificado se plasmó sobre el césped como si no hubiese espacio para lo imprevisto. Un plan de una minuciosidad y acierto que agotó la mente de un equipo nacido para crear.
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Allegri y su Juventus venían teniendo ciertos problemas tácticos derivados de las novedades -bajas y altas, virtudes y déficits-, que como equipo está manejando esta temporada. Sin embargo, cuando más aprieta y exige el contexto, sobre todo si es muy concreto y posiciona el uso de las fuerzas entre los dos equipos, en fondo y forma, se erige y estira con la condición que le define: es el mejor equipo de Italia y ante los mejores, nunca falla. Ante el Napoli, equipo de naturaleza creativa y mente despierta, Allegri sacó su media sonrisa. Con una conciencia clarísima de qué hacer en cualquier situación de partido, minuto y marcador, la Juve recuperó sensaciones competitivas y construyó un punto de inflexión propio de un campeón liguero y finalista de Champions. Así jugó la Juve en San Paolo.

La Juve sin balón. La premisa tuvo dos ideas muy claras que se relevaron una vez Gonzalo Higuaín, en el minuto 12, marcó el primer y único gol del choque. Antes de eso, con una actitud que se hubiera prolongado todo lo necesario mientras el marcador figurara en igualdad, la Juve plantó un bloque a media altura, en el que Dybala se escalonaba con Higuaín, trabajando sobre Jorginho, y no dejando que hubiera espacios entre su línea y la de los medios. Con un posicionamiento preciso y orientado a tapar la combinación más interior, la Juve obligaba a que sus atacantes se abrieran hacia fuera, que Hamsik y Mertens no encontraran la pared y el Napoli tocara por fuera, donde Mario Rui, ante la ausencia de Ghoulam, importantísima, y Hysaj, encontraban la oposición de dos hombres.
En izquierda, Asamoah y Matuidi, tremendamente físicos, en derecha, Douglas Costa junto a De Sciglio. Los extremos, además, perseguían hasta línea de fondo la incorporación del lateral, dejando a los laterales en posiciones de central para sujetar los movimientos de apoyo de Mertens y de ruptura de Hamsik.
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Tras el gol se acentúo aún más la idea de cerrar el espacio. Ahí, Allegri, con marcador a favor, se metió en la mente de un creador, hasta atormentarlo. Allegri renunció a 70 metros de campo para desesperar la posesión napolitana. En esa ausencia de espacios interiores, el Napoli se desnaturalizó: el ritmo ofensivo bajó, al no haber ida y vuelta, la presión careció de sentido porque tuvo que estar elaborando constantemente, y además, dicha elaboración careció lo mismo, pues se dedicó a centrar al área o ver desbaratada cada opción de pase atrás o balón filtrado. En la máxima exigencia creativa, el Napoli de Hamsik nada pudo crear.